30 AÑOS DE LA PUEBLADA QUE PARIÓ AL MOVIMIENTO PIQUETERO

30 AÑOS DE LA PUEBLADA QUE PARIÓ AL MOVIMIENTO PIQUETERO
Corrían los primeros meses del segundo menemato cuando, con las mujeres a la cabeza, se inauguró una nueva práctica adherida desde ese momento a los repertorios de protesta de nuestro país: la de un movimiento piquetero que, desde el 20 de junio y a lo largo de seis días, paralizó la provincia de Neuquén organizando en asamblea el corte de la estratégica ruta 22. Para algunos, ese fue el punto de partida del proceso de intensificación de la protesta que desembocó en el estallido social del 2001.
Desde la Carrera de Sociología compartimos, a 30 años de la pueblada de Cutral-Có y Plaza Huincul, dos reflexiones de profesores de nuestra casa dedicados al estudio de los procesos de cambio social y los movimientos de nuestro país. Recordamos aquellos días desde las palabras de Julián Rebón y María Maneiro.
Corte de ruta, humo y pueblada.
A 30 años de Cutral Co y Plaza Huincul: la génesis del movimiento piquetero
Por la Prof. María Maneiro
El humo negro de los neumáticos quemados se mezclaba con el frío seco de la Patagonia mientras miles de vecinos ocupaban la Ruta Nacional 22. En Cutral Co y Plaza Huincul, el asfalto se había convertido en trinchera. Corría junio de 1996 y lo que estaba en juego no era solo un corte de ruta, sino la supervivencia de comunidades enteras desarticuladas por la privatización de YPF.
Hacia mediados de la década de 1990, la privatización de las empresas estatales dejaba deshilachados pueblos enteros. El modelo neoliberal impulsó el achicamiento del Estado, desmantelando comunidades que vivían bajo su sostén. Entre retiros voluntarios y despidos, miles de trabajadores quedaron sin empleo; las indemnizaciones se evaporaron rápidamente y los microemprendimientos se volvieron inviables. El desempleo trepó a cifras récord, transformando a localidades prósperas en territorios de fantasmas, signados por el frío, el hambre y el abandono de un Estado que se retiraba de su rol de proveedor.
La escena de la pueblada de Cutral Co y Plaza Huincul es revisitada hoy, a 30 años, emulando el Berisso peronista, como el kilómetro cero del movimiento piquetero. El 20 de junio de 1996, miles de vecinos se volcaron masivamente a la Ruta Nacional 22 mientras el asfalto se transformaba en una trinchera custodiada por barricadas de neumáticos quemados. El humo negro se convirtió en el símbolo de la resistencia frente al crudo frío patagónico: el piquete cerraba rutas pero abría caminos. Detrás del humo, la multitud se defendía para frenar el avance de las fuerzas federales. El fenómeno alumbró liderazgos inesperados. Como es sabido a partir del trabajo de Javier Auyero en Vidas beligerantes, la docente Laura Padilla pasó a encabezar las negociaciones con el poder político mostrando que la pueblada amalgamó y colectivizó el sufrimiento individual.
El punto de inflexión ocurrió el 25 de junio, cuando la jueza federal Margarita Gudiño de Argüelles llegó al corte de ruta escoltada por unos 400 gendarmes. El objetivo de su llegada era ordenar el desalojo, pero al constatar la masividad de la protesta, que superaba las 30 mil personas, la magistrada tomó una decisión histórica: se declaró públicamente incompetente, alegó sedición y se retiró junto a las tropas federales. Desarmada la opción represiva, el gobernador Felipe Sapag tuvo que ir a negociar al corte. La rebelión concluyó con un acta firmada por Sapag y Padilla; el documento institucionalizó el conflicto y forzó al Estado a reconocer su responsabilidad política en el mapa de la protesta social argentina.
Las puebladas y piquetes expresaron una fractura estructural que se extendió velozmente desde los pueblos petroleros hacia los cordones industriales del país. En un marco de desindustrialización sostenida, el corte de ruta y la asamblea emergieron como el repertorio organizacional y de protesta de las fracciones trabajadoras pauperizadas. Esta acumulación de conflictividad territorial sumó a las clases medias y alcanzó su punto de ebullición en la crisis de 2001-2002 con el rechazo generalizado a la clase política. Tras el colapso, el ciclo abierto en 2003 dinamizó el mercado interno e institucionalizó a las organizaciones de desocupados como interlocutores legítimos del Estado. No obstante, las limitaciones estructurales para garantizar una integración laboral extendida reaparecieron hacia 2008, amesetando el periodo de crecimiento acelerado y reinstalando el problema sociolaboral de fondo.
El agotamiento del boom de los commodities y el estancamiento económico crónico reactualizaron las viejas urgencias. La fragilidad sociolaboral no había sido superada, sino contenida bajo nuevas formas de precarización laboral. El problema de la estrechez de los ingresos regresó al centro de la agenda pública, pero bajo la forma del pluriempleo y la sobreexplotación.
A tres décadas de distancia, aquel grito de resistencia adquiere su verdadera dimensión histórica en un presente que vuelve a discutir dilemas emparentados. La pueblada de Cutral Co y Plaza Huincul inauguró la lucha de aquellos sectores que no logran ingresar de manera duradera en el mercado de trabajo formal. Allí se abrió una bisagra de negociación inédita con el Estado, forzando al poder político a asumirse como el responsable de la integración social. A través del piquete, la comunidad logró colectivizar un padecimiento que se representaba como individual: la falta de empleo dejó de ser una responsabilidad doméstica para volverse una demanda colectiva.
Cutral Co y Plaza Huincul evidenciaron un problema estructural que hoy, bajo nuevos ropajes, regresa con fuerza: desnudó la profunda incertidumbre de amplias fracciones de las clases trabajadoras que resultan excedentarias para el capital recordándonos que las promesas de derrame suelen apagarse antes de llegar a la ruta.
La pueblada de Cutral Co y los nuevos horizonte de la lucha
Por el Prof. Julián Rebón
La pueblada de Cutral Co y Plaza Huincul, en Neuquén, de junio de 1996 representó un acontecimiento de acción colectiva que mostró con nitidez las consecuencias sociales del orden excluyente construido a partir de las reformas neoliberales de los años noventa, pero también la posibilidad de luchar contra ellas.
Este enclave petrolero, históricamente vinculado a YPF, sufrió como consecuencia de su privatización y reestructuración socioproductiva un fuerte desempleo estructural que alcanzaba por entonces a cerca de un cuarto de su población económicamente activa. La noticia de la no instalación de una fábrica de fertilizantes desencadenó la protesta, articulada en torno al reclamo de trabajo. El método de lucha fue el piquete y el corte de la estratégica Ruta Nacional 22, que atraviesa ambas ciudades impidiendo así el transporte de combustible hacia los grandes centros urbanos. La quema de neumáticos y el uso de pañuelos y pasamontañas protegían del frío y servían para obstaculizar la ruta y resguardar la identidad de los manifestantes. La asamblea constituyó el método organizativo que estructuró cotidianamente el reclamo.
En los piquetes se combinaba una heterogénea composición social que evidenciaba resistencia de la comunidad en su conjunto frente al proceso de exclusión y dislocación social: una verdadera pueblada. La respuesta represiva y el intento de desalojo acrecentaron la indignación popular produciendo una multitudinaria concentración, que según las crónicas, reunió alrededor de la mitad de la población de ambas ciudades sobre la Ruta Nacional 22. Esta multitudinaria respuesta popular tuvo impacto directo, la jueza a cargo del desalojo se declaró incompetente y ordenó el retiro de la Gendarmería. Finalmente, el gobernador viajó a la zona, se reunió con una delegación de manifestantes y acordó una serie de medidas productivas y sociales, reconociendo así la legitimidad de las demandas y haciéndose eco de sus reclamos.
Aquel aparente triunfo inicial constituyó un destello de luz sobre la acción colectiva del período. En tiempos en que la huelga había perdido eficacia debido al disciplinamiento impuesto por las condiciones adversas del mercado de trabajo y a su exclusión como repertorio de acción posible para sectores significativos de la población, particularmente los desocupados, el corte de ruta se mostraba como una forma de alterar el orden establecido y, de ese modo, hacerse escuchar para quienes carecían de voz en la arena pública.
La pueblada mostró también que la legitimidad moral fundada en agravios socialmente significativos habilitaba la posibilidad de desbordar legalidades y convenciones y, mediante la masividad y la firmeza, limitar las posibilidades de la represión. El corte de ruta, como forma de acción directa disruptiva, quedó así envuelto en una aureola de eficacia que favoreció su emulación por otros, tanto en lugares con características semejantes, por ejemplo, el enclave petrolero de Mosconi, como en su posterior traslado al mundo de las grandes urbes, especialmente al conurbano bonaerense.
En este proceso de difusión, el corte modificó su composición social, se entrelazó con diferentes culturas organizativas y dio lugar a demandas diversas. Asimismo, su carácter disruptivo produjo efectos dispares según el territorio en el que se ejercía. Pronto quedó fijado, tanto en la representación como en la práctica, como la forma emblemática de los nacientes procesos organizativos de trabajadores desocupados e informales, que comenzaron a ser denominados precisamente por ello «piqueteros». Estos replicaron e innovaron el repertorio inicial de quema de neumáticos, acampes y asambleas como núcleo organizativo, en diversos contextos sociales.
El movimiento piquetero alcanzó rápidamente un desarrollo original, nutriendo un intenso ciclo de acción colectiva que horadó la hegemonía neoliberal y que, crisis mediante, derivó en la revuelta de 2001. Fueron tiempos en los que la autonomía, la acción directa y las asambleas en el espacio público se generalizaron y diversificaron socialmente.
El movimiento piquetero y sus derivas posteriores, entre ellas, el movimiento de la economía popular, conformaron una importante configuración de actores sociales y políticos que gravitó sobre la sociedad argentina y constituyó, por su magnitud y alcances, una de las experiencias más relevantes a nivel mundial de organización de trabajadores expulsados de las relaciones salariales.
Pero detengamos aquí la reflexión. Lo relatado forma parte de una construcción retrospectiva, imposible de percibir con nitidez en aquel momento. Sin embargo, permite comprender cómo una lucha puntual puede irradiar elementos que son reapropiados y recreados en otras condiciones, favoreciendo el ascenso de la movilización y la acción colectiva, y poniendo de manifiesto que uno de los límites centrales a los procesos de ajuste es la capacidad de resistencia de quienes los padecen.
A treinta años de la pueblada, el recuerdo y la reflexión de Cutral Co puede ayudarnos a interrogarnos, sin ilusiones pero también sin pesimismos preventivos, acerca de las resistencias del presente. Contribuir a que seamos sociológicamente sensibles para reconocer cuáles son los espacios en los que hoy se están alumbrando nuevos horizontes de lucha posible, capaces de habilitar otros trazos de historia y de futuro.


