El desmantelamiento en marcha: desindustrialización y colapso científico bajo el experimento de Milei

El desmantelamiento en marcha: desindustrialización y colapso científico bajo el experimento de Milei
Por el Prof. Martín Schorr
La velocidad y la profundidad del daño que el gobierno de Javier Milei está infligiendo sobre la estructura productiva y el sistema de ciencia y tecnología de la Argentina no tienen precedentes cercanos, ni siquiera si lo comparamos con los ciclos más regresivos de nuestra historia reciente, como la última dictadura militar o el menemismo. Lo que estamos presenciando no es un plan de estabilización macroeconómica convencional, sino una reconfiguración estructural regresiva fundada en la destrucción deliberada de las capacidades soberanas del país.
Desde la perspectiva de la economía política, la crisis industrial actual no es un «daño colateral» de la lucha contra la inflación; es un objetivo sistémico. La combinación de una recesión autoinducida, la apertura comercial asimétrica y la desregulación de los mercados está provocando un verdadero «industricidio». Las empresas industriales se enfrentan a un desplome del consumo interno que destruye su rentabilidad, forzándolas a suspensiones masivas, despidos y, en el peor de los casos, al cierre definitivo. Asistimos a una violenta transferencia de recursos desde los sectores productivos y del trabajo hacia el capital financiero y los sectores primarios concentrados orientados a la exportación. Lo que se está consolidando es un modelo de país primarizado, dependiente y con un mercado laboral cada vez más precarizado.
Este proceso de desindustrialización se acopla con el ataque sistemático al sistema científico-tecnológico, con el CONICET y las universidades nacionales en el centro de la ofensiva. La motosierra presupuestaria, los despidos en numerosos organismos (INTA, INTI, Servicio Meteorológico, Comisión Nacional de Energía Atómica, etc.), el virtual congelamiento de los salarios de investigadores, becarios, docentes y no docentes a niveles bajísimos, y la parálisis de proyectos estratégicos no constituyen un mero «ajuste fiscal». Es un golpe de gracia a la posibilidad de tener un desarrollo autónomo.
Existen evidencias sobradas, incluso en la historia de nuestro país, de que la industria y la ciencia no caminan por senderos separados. No existe desarrollo industrial sustentable, con alto valor agregado y salarios dignos, sin un sistema científico público robusto que actúe como motor de innovación y transferencia tecnológica. Al asfixiar al CONICET y a las universidades públicas, el gobierno no solo expulsa a las mentes más brillantes del país en una nueva y dolorosa «fuga de cerebros», sino que clausura la posibilidad de que la estructura productiva argentina gane competitividad genuina.
El proyecto oficial es nítido: transformar a la Argentina en un enclave exportador de materias primas e insumos básicos sin procesar (litio, energía, agro), vaciado de densidad tecnológica y de capacidades críticas. Sin ciencia local y sin tejido industrial, la soberanía nacional pasa a ser una ficción jurídica. Revertir esta lógica de destrucción y desposesión no es solo una tarea corporativa de los científicos o los industriales; es una urgencia política y social para evitar la balcanización económica de un país tan diezmado.


