La pasión por el orden

Por la Profesora Alejandra Oberti
En su discurso ante el Council of the Americas, Javier Milei volvió a referirse a la caída de la natalidad en la Argentina. En un discurso centrado en la marcha de la economía, vinculó el crecimiento de la población con el crecimiento económico, el mercado de trabajo y el sistema previsional, y atribuyó la disminución de los nacimientos a la legalización del aborto y a la militancia feminista. “Estamos pagando muy caro la locura de los pañuelitos verdes”, sostuvo, para agregar que la “pasión por asesinar niños en el vientre de la madre” tiene consecuencias sobre el crecimiento, el sistema previsional y el capital humano.
Más allá de la relación que Milei establece entre estos fenómenos, una relación que los datos disponibles no permiten sostener en esos términos de ninguna manera, me interesa detenerme en algo que sus palabras vuelven a poner en escena: la reproducción como asunto económico y político, la maternidad como destino social y los derechos sexuales y reproductivos como una amenaza para el orden que se pretende preservar. La intervención permite reconocer una matriz discursiva en la que las decisiones de las mujeres sobre sus cuerpos y sus vidas aparecen subordinadas a una idea de familia, de población y de futuro económico.
Sin duda, la Argentina está atravesando una transformación demográfica, pero no existe una relación temporal que permita establecer la causalidad que Milei da por supuesta. Por el contrario, la caída de la fecundidad es un fenómeno extendido en el mundo y alcanza tanto a países con restricciones a la interrupción del embarazo como a países donde el aborto es legal desde hace décadas. En Argentina la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo fue sancionada en 2020 y comenzó a regir en 2021; la caída de la fecundidad es, en cambio, un proceso que comenzó mucho antes, por lo menos varias décadas atrás y más marcadamente desde 2014, y obedece a distintas causas. Una de las transformaciones más importantes de las últimas décadas es la reducción de la fecundidad entre las mujeres jóvenes y, especialmente, entre las adolescentes. En 2023, la tasa de fecundidad adolescente en Argentina fue de 23 nacimientos por cada mil mujeres de 15 a 19 años, mientras que la tasa correspondiente a las niñas de 10 a 14 años fue de 0,6 por mil. Entre las políticas que contribuyeron a que esto suceda se encuentra el Plan de Prevención del Embarazo no Intencional en la Adolescencia (ENIA), implementado desde 2017, que articuló educación sexual integral, acceso a métodos anticonceptivos, consejerías y dispositivos de atención. Hay además otra transformación decisiva: la postergación de la maternidad y la reducción del número de hijos e hijas. En la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, la tasa global de fecundidad pasó de 1,86 hijos por mujer en 2006 a 1,09 en 2023, mientras que la edad media de las madres pasó de 29,3 a 32,4 años, para tomar solo un ejemplo. Estamos frente a transformaciones sociales de largo plazo: las mujeres tienen menos hijos, los tienen a edades más tardías y, en particular, disminuyó fuertemente la maternidad adolescente.
Por otro lado, si bien las transformaciones demográficas tienen consecuencias sobre la estructura de la población, el mercado de trabajo y los sistemas previsionales, establecer causalidades es una tarea más compleja. La demografía no funciona como una planilla en la que se elimina una variable, como el aborto legal, y automáticamente aparecen más nacimientos, más trabajadores y un sistema previsional sostenible.
Y en ese sentido, el uso de los datos por parte de Milei es, con demasiada frecuencia, cuando menos engañoso. La selección de cifras, períodos y relaciones causales que no se sostienen se ha convertido en un procedimiento recurrente de sus intervenciones públicas sobre distintos temas. Y cada vez que algo de esto sucede, desde las ciencias sociales y desde los medios de comunicación se producen intervenciones destinadas a reconstruir los procesos, contextualizar los datos, mostrar las fuentes y discutir las relaciones causales que se presentan como evidentes. Investigadoras e investigadores que estudian los temas sobre los que se habla, que los han analizado durante años, ponen a disposición resultados de investigaciones, series estadísticas, análisis y materiales de divulgación que permiten comprender de otro modo aquello que aparece reducido a una cifra o a una afirmación contundente. Son trabajos imprescindibles porque nos acercan datos y herramientas para conocer de manera documentada nuestra realidad. Pero tienen además otro valor: permiten pensar el lugar que ocupan estas intervenciones presidenciales en el espacio público, y el modo en que ciertas afirmaciones, aun cuando son rápidamente cuestionadas, intervienen en la producción de sentidos, en la definición de los problemas y en la disputa por aquello que una sociedad considera verdadero, relevante o evidente.
En el caso que nos ocupa, las declaraciones de Milei invitan a formular una pregunta que va más allá de la comprobación de que sus afirmaciones no se corresponden con los datos disponibles. ¿Por qué insiste en decir que la caída de la natalidad es culpa de los “pañuelitos verdes” y el fracaso económico (que, por otra parte, no reconoce) es culpa del feminismo? ¿Qué se pone en juego cuando una transformación demográfica compleja es traducida en una acusación contra el feminismo y un cuestionamiento a los derechos de las mujeres? ¿Miente?
En su ensayo Fascismo cosplay. Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino, Luis Ignacio García señala que el fascismo contemporáneo no aparece como fascismo, aparece como performances donde la provocación ocupa el lugar del argumento y la política se convierte en espectáculo. El enredo de datos, gritos, insultos y afirmaciones absurdas, que se produce al mismo tiempo en que se profundiza el despojo social y económico, no es un exabrupto, no son prejuicios individuales ni solamente una retórica agresiva que acompaña, como un exceso, otras posiciones políticas. El antifeminismo y, más en general, todo el discurso reactivo a las políticas que garantizan derechos forman parte de una disputa por el orden social y por las jerarquías que lo organizan. Su objetivo es cuestionar y, allí donde encuentra las condiciones para hacerlo, cercenar derechos, desarmar políticas e instituciones y restablecer relaciones de poder que los feminismos contribuyeron a poner en cuestión. En este sentido, la intervención de Milei sobre la natalidad no es un comentario aislado sobre un problema demográfico. Forma parte de una matriz discursiva más amplia en la que aquello que durante las últimas décadas pudo ser pensado como ampliación de derechos, autonomía y capacidad de decisión es presentado ahora como pérdida, amenaza o exceso en una devaluación de las políticas públicas y a la vez una descomposición de la palabra política.
En la arena digital y política de las nuevas derechas contemporáneas la figura de la feminista constituye un enemigo a medida en tanto encarna la insubordinación al orden de género. Tanto la feminista que disputa públicamente los sentidos de la maternidad, la sexualidad o la violencia como las mujeres que deciden no tener hijos se convierten un problema para el orden simplemente porque lo desafían.
El discurso presidencial no se limita a la descalificación de determinadas mujeres ni a la expresión de un rechazo hacia el feminismo, opera produciendo jerarquías, delimitando conductas legítimas y señalando qué formas de vida merecen reconocimiento y cuáles deben ser corregidas, sancionadas o excluidas.
El feminismo incomoda porque altera jerarquías, desobedece mandatos y pone en cuestión relaciones de poder que durante mucho tiempo se presentaron como naturales. Allí reside la potencia de su crítica, en haber mostrado que aquello que se pretende restaurar no es un orden natural, sino un orden de poder.


